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‘La ola’: ¿Es posible una sociedad fascista en el siglo XXI?

¿Pueden volver a reproducirse las barbaridades que se cometieron durante la Alemania Nazi en nuestras sociedades actuales?

Esta fue la pregunta que formuló el profesor de Historia Contemporánea Ron Jones ante sus alumnos de secundaria del Cubberley High School, un instituto de California, Estados Unidos, en 1967. La mayoría de los estudiantes estaban bastante convencidos de sus respuestas. En sociedades libres y democráticas como la suya, era prácticamente imposible que algo así pudiera volver a ocurrir. El profesor, incapaz de ilustrar con palabras cuan equivocados estaban sus alumnos, decidió que lo experimentasen en sus propias carnes.

Jones junto con sus alumnos fundó el movimiento “Tercera Ola” basado en cuatro principios: “Fuerza mediante la disciplina”, “fuerza mediante la comunidad”, “fuerza a través de la acción” y “fuerza a través del orgullo”.

En apenas una semana el grupo ya constituía más de la mitad del instituto y los cambios en el comportamiento del alumnado empezaban a ser tan drástico que el profesor se vio obligado a pararlo antes de que se descontrolara.

Esta historia, que inspiró el libro de Todd Strasser titulado La Ola (1981), fue adaptada al cine con una película homónima, por el cineasta alemán Dennis Gansel en 2008.

Cubberley High School – Instituto donde se realizó el experimento social en Palo Alto, California, EEUU.

La película nos sitúa en un instituto de la Alemania contemporánea, concretamente en una clase de Filosofía Política en la que se aborda la Autocracia como un sistema de gobierno en el que una persona o un grupo reducido tienen el poder suficiente para poder imponer su criterio al resto de la sociedad.

En un primer momento vemos una clase desordenada, diversa, desenfadada y distendida hasta que el profesor, llamado Rainer, decide poner en práctica una serie de ejercicios característicos de este tipo de regímenes para que los alumnos vean por sí mismos cómo operan estos grupos.

Así pues, el profesor se erige como líder de la clase al que además, se le debe respetar y llamar de una forma específica que enfatice constantemente que es él quien tiene la autoridad en el grupo. Introduce también elementos disciplinarios como el tener que levantarse cada vez que alguien quiera hablar o el tener que sentarse erguido y con corrección.

Al día siguiente, el tutor demanda a los alumnos que se pongan en pie y empiecen a desfilar de forma sincronizada como si de un solo cuerpo se tratasen. De esta manera, introduce los primeros ejercicios diseñados para eliminar la individualidad y cohesionar al grupo.

Además del desfile militar, se acuerda incorporar un uniforme (camisa blanca y vaqueros) y se redistribuye el orden de los asientos para quebrar los grupos preestablecidos de clase. El objetivo perseguido es que todos se sientan igualmente integrados dentro del grupo y se refuerce el sentimiento de pertenencia. Este último juega un papel clave, ya que es considerado una necesidad humana básica situada al mismo nivel que la comida o el refugio, según explica el psicoterapeuta Carl Rogers en su obra Grupos de Encuentro.

Fotograma de la película «La Ola» – La clase junto al profesor Rainer

Los movimientos fascistas buscaban crear en el individuo la necesidad de pertenecer y depender del grupo y especialmente centraban sus discursos en aquellos que más solos y desarraigados se sentían. Giovanni Gentile, uno de los principales teóricos del fascismo, era un firme defensor de la idea de que la verdadera libertad del individuo solo se puede ejercer dentro de un grupo y que la democracia, en tanto que potencia la individualidad, era un sistema político decadente y necesariamente sustituible.

Al tercer día del experimento, ya no se ve a una clase multicolor, desordenada y diversa, sino que vemos una en donde predomina el blanco y a alumnos perfectamente sentados y focalizados en lo que tenga que decir el profesor, a quien se le empieza a ver más como líder. Además, aparecen las primeras protestas en la clase de aquellos que ven como la pertenencia al grupo les obliga a renunciar a su forma de vestir sobre la que muchos proyectan su personalidad. El rechazo del grupo a los que piensan diferente empieza a aparecer y algunos abandonan la clase definitivamente.

Rainer, con la ayuda de la clase, le da un nombre al grupo, “La Ola”, diseña un logo y abre una página web con la intención de atraer a más gente para crecer y ser más fuertes como colectivo.

En apenas tres días, el grupo ejerce tanta fuerza y presión sobre los alumnos que éstos empiezan a pensar en clave de grupo y no como personas libres e independientes. Este fenómeno se dio en la Alemania Nazi a través de la denominación que le dio la filósofa Hannah Arendt –durante su estancia en Israel con motivo del juicio a Adolf Einchman (acusado de la deportación masiva de judíos a campos de concentración)– como «banalidad del mal» que defiende que el mal más grande del mundo puede ser cometido por cualquiera siempre que éste renuncie a pensar por sí mismo.

En la cinta, los alumnos más afectados empiezan a operar como grupo fuera del ámbito escolar y eligen como adversarios a los anarquistas por representar lo opuesto a su ideario de grupo. Vandalizan calles y escaparates con su logo y tienen varias reyertas callejeras. “La fuerza de la ola arrasará a nuestros enemigos”, rezaba un eslogan en la página web del grupo.  

Fotograma de la película «La Ola» – Reyerta entre el grupo de clase y anarquistas

Según Ferrán Gallego, profesor de Historia en la Universidad de Barcelona, el fascismo usa la violencia como método para autoreafirmarse. El fascista se integra en una comunidad que toma conciencia de su propia fuerza y se disciplina a través de la destrucción del adversario. “La violencia es condición del proyecto fascista y sus víctimas lo son porque no pertenecen a la comunidad nacional”, explica en una entrevista a El País.

Rainer no es consciente de que el experimento ha cobrado vida propia y al cuarto día se incorpora en la clase un saludo que los identifica como miembros del grupo. En la película se enfatiza el cambio drástico de comportamiento de algunos personajes que se vuelven más irascibles y autoritarios.

Hasta el último día de clases, Rainer no toma conciencia de la magnitud del problema y decide reunir el sábado por la mañana a los alumnos para detener el experimento. Ese mismo sábado, antes de parar el experimento, agita al grupo para que actúen de forma violenta contra los alumnos presentes en el aula que habían advertido de las acciones negativas del grupo y así lograr que los violentos quedaran expuestos ante ellos mismos en relación al sin sentido que estaban haciendo.

La película, como el experimento real que tuvo lugar en 1967, nos deja dos reflexiones muy potentes. Por un lado, lo eficaces que pueden llegar a ser este tipo de ideologías a la hora de manipular a las personas, al ser capaces de atacar la necesidad inherente en cada ser humano de pertenecer y encajar con nuestro entorno y, por otro lado, que los regímenes fascistas los rechazamos no porque tengamos una profunda cultura antifascista, sino porque así nos lo han enseñado. Pero al igual que los rechazamos por aprendizaje, podemos llegar a aceptarlos por la misma razón.

Por Adrián Moros (@adrixtercio)

Adrian Moros
About Adrian Moros (87 Articles)
Estudiante de filosofía y eterno aprendiz de mi mismo. Redactor, escritor, creador y soñador empedernido.

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