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El valor de la ética en la ciencia

Uno de los campos en los que la filosofía sigue siendo importante es en el de la ética. Frente a una ciencia que nos dice cómo son las cosas y cuáles son las reglas físicas que median entre ellas, la ética nos explica cómo debería ser la sociedad y qué reglas de conducta serían deseables seguir a la hora de aplicar los conocimientos científicos. Una de las salidas laborales más importantes que tiene la filosofía es precisamente el asesoramiento a científicos, médicos o ingenieros sobre esta cuestión.

Citando al empresario Víctor Canivell en su artículo La ética y la ciencia: “La ciencia nos ayuda a entender nuestro mundo y nuestra posición en el mismo, la tecnología marca el cómo podemos vivir en sus aspectos prácticos y la ética delimita unos márgenes a la hora de aplicar los conocimientos científicos en nuestra sociedad”. Este triángulo formado por ciencia, tecnología y ética es imprescindible para evitar que sea la tecnología y no nosotros como sociedad la que defina nuestro marco de convivencia.

Sin embargo, el análisis filosófico y su consecuente reflexión requieren de tiempo. No existen unas reglas absolutas que mantengan en todo momento visible la frontera entre lo correcto e incorrecto. A veces se necesita trazarla sobre la marcha y en un mundo donde todo se mueve tan rápido, muchas veces, la ética acaba llegando tarde y el triángulo del que hablamos se desacompasa como si de un instrumento mal afinado dentro de una orquesta se tratase.

Las redes sociales

Para ver hasta qué punto la tecnología sin control ético puede condicionar nuestro modo de vida, las redes sociales son un buen punto de partida.

De acuerdo con la doctora en ciencias de la información Lucia Tello, principios éticos con gran consenso social como el derecho a la intimidad y a una vida privada, se han visto diluidos por las lógicas de funcionamiento de las redes y sus prácticas abusivas.

En redes sociales como Facebook los datos generados a partir de nuestro contenido publicado, interacciones con él o las búsquedas que realizamos en los buscadores internos de la red social son almacenados por la empresa sin especificar el motivo u objeto del mismo. Además, una vez publicado un contenido a la red, perdemos el control sobre él por la falta de protección de nuestros datos pudiendo provocar casos de cyberbullying, cyberacoso o propiciar situaciones peligrosas como el robo de pertenencias o secuestro.

Algunas de las principales redes sociales

Otro peligro que entrañan las redes sociales es el llamado «efecto burbuja» y el riesgo que supone para la libertad de pensamiento. Redes sociales como Facebook o Twitter utilizan algoritmos matemáticos cuya función es la de monitorizar nuestras interacciones dentro de la red social para crear perfiles de nuestros gustos y aficiones con la intención de mostrarnos anuncios personalizados que aumenten la probabilidad de interesarnos por ellos.

Estas prácticas que buscan censurar y condicionarnos con claros objetivos comerciales, no solo se quedan ahí, si no que, también, son llevados a la esfera política y en un mundo en el que cada vez más personas se informan exclusivamente a través de redes sociales generan un riesgo importante para nuestra salud democrática.

Citando al filósofo y escritor José Luis Sampedro en una entrevista para el programa de televisión Salvados: “De qué sirve la libertad de expresión si no tengo libertad de pensamiento. Si me han metido en la cabeza lo que tengo que decir, la libertad de expresión carece de todo valor”.

El proyecto Manhattan

El proyecto Manhattan fue el punto de inflexión que llevó tanto a científicos como a filósofos a asumir la necesidad de que la ética debe estar presente en la ciencia.

En plena vorágine de la Segunda Guerra Mundial, el presidente de los Estados Unidos Franklin Roosevelt recibió un informe, firmado por Albert Einstein y escrita por Leó Szilárd, el cual advertía sobre la posibilidad de que los alemanes –enemigos de guerra- estuvieran desarrollando bombas atómicas.

Copia de la carta Einstein-Szilárd enviada el 2 de agosto de 1939.

Desde ese momento se dio luz verde al Proyecto Manhattan en el que las mentes más brillantes del país se nutrieron de investigaciones científicas pasadas como los fundamentos de la Teoría de la Relatividad, redactados por los científicos Werner Heisenberg y Erwin Schrödinger en 1925, o las investigaciones sobre la escala nuclear y el descubrimiento del neutrón por el investigador James Chadwick en 1931, entre muchas otras, para acabar desarrollando con ellas las primeras armas nucleares. Investigaciones que habían iniciado como forma de satisfacer la curiosidad humana o las necesidades energéticas del futuro, quedaron secuestradas y puestas al servicio de la guerra.

Así fue como, el 6 y 9 de agosto de 1945 dos bombas nucleares fueron detonadas en las poblaciones japonesas de Hiroshima y Nagasaki matando a centenares de miles de personas. La inmensa mayoría civiles.

Una de las dos bombas lanzadas por EE.UU. en Japón

Una vez finalizada la guerra, la sociedad puso su mirada crítica sobre la ciencia y se preguntó hasta qué punto las investigaciones científicas del momento habían ayudado a acrecentar la destrucción de una guerra que se cobró la vida de entre 40 y 45 millones de personas. A partir de este momento se consensuó la necesidad de que la ética mediara en las investigaciones científicas.

Es indiscutible que la ciencia junto a la tecnología han conseguido grandes avances para la humanidad en infinidad de campos del conocimiento. Nos ha brindado la capacidad de erradicar enfermedades como el polio o dado las herramientas necesarias para poder erradicar el hambre en el mundo. Pero de la misma forma que la ciencia en buenas manos puede hacer florecer desiertos, como la historia nos ha demostrado, en malas manos puede convertir esos jardines en ceniza y polvo. La responsabilidad de que la ciencia siga sumando al bienestar social y al planeta nuevamente recae sobre nuestras espaldas, pues la ética nos puede orientar en un momento determinado, pero la última decisión es y seguirá siendo nuestra.

Por Adrián Moros (@adrixtercio)

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Estudiante de filosofía y eterno aprendiz de mi mismo. Redactor, escritor, creador y soñador empedernido.

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