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María Zambrano, la voz de los vencidos

La filosofía europea había cometido un gran error desde que Platón en su obra La República dejó fuera de la esfera filosófica a los poetas. Platón consideraba que los poetas estaban muy próximos al mundo físico, considerado como lugar donde habitaba la opinión, el mito, lo aparente y donde bajo ningún concepto se situaba el conocimiento, que era, en definitiva, a lo que el filósofo debía aspirar.

Este pensamiento fuertemente racionalista se fue reproduciendo a lo largo de los siglos dejando al arte, los mitos, sentimientos, deseos o sueños, entre otros, alejados de los análisis filosóficos. Se construyó una idea de razón fría, distante y analítica en exceso. Ciega a cualquier conocimiento que no pudiera ser analizado por la ciencia o que no encajase con los patrones racionales.

Frente a esta racionalidad encontramos a pensadoras como María Zambrano que propuso un marco filosófico que recogiese todo lo que se habían dejado en el baúl de lo «accesorio» para que se introdujera en el debate filosófico. Su objetivo era construir un pensamiento más cercano a la realidad humana.

Su obra y vivencias

María Zambrano fue una escritora que representó muy bien esa nueva forma de pensar. Le gustaba enriquecer sus textos con una gran cantidad de analogías y juegos de palabras para que el lector hiciese también protagonista a la imaginación. Esto abría su filosofía a múltiples y ricas interpretaciones que no diluían ni mucho menos lo que quería trasmitir.

Su obra La tumba de Antígona tiene diversas interpretaciones, siendo una de las más consensuadas la que analiza su filosofía como una inspiración a raíz de los sucesos ocurridos durante la guerra civil española. Su pensamiento fue construido desde su vivencia como exiliada de guerra que ve como su mundo se derrumba ante sus pies.

Esta vivencia personal le dotó de fuertes componentes emocionales que la convirtieron en una pensadora muy novedosa.

Exiliados de la guerra civil española

Zambrano criticó que los vencidos no tuvieran voz propia porque era silenciada por los vencedores y creía que era necesario que estas voces fuesen escuchadas porque tenían mucho que aportar a la sociedad. La historia de los vencidos estaba llena de muestras de necesidad de convivencia, de piedad, de compasión frente a la historia de los vencedores, que siempre ha estado cargada de fuerza, de incomprensión y de impiedad. La visión de los vencidos «estaba por decir» pero era difícil porque la historia siempre ha sido un relato de ganadores.

El pensamiento de la filósofa esgrimía grandes trazas espirituales entendidas como algo más allá de lo religioso porque lo religioso implicaba una ortodoxia que ella no compartía. El sentido de la vida y de la muerte era lo que ella entendía como espiritualidad. Aquellos elementos de lo humano que tenían que ver con los sueños, anhelos, pasiones o amor, y que no podían decirse desde la racionalidad tradicional, eran justamente lo que para la filósofa daban sentido a la vida.

Una filosofía comprometida con lo exiliado

Zambrano reflexiona desde un lugar difícil porque no estaba ni entre los vivos, ya que ha sido exiliada de su sociedad, pero tampoco está entre los muertos porque estaba viva. Este lugar entre lo vivo y lo muerto era un estado relevante para que el exiliado pudiera manifestarse. Desde este punto de vista era donde se defendía lo humano en su estado más puro.

La racionalidad tradicional había y ha exiliado de la filosofía a partes fundamentales de la vida humana, de la misma forma que los vencedores de una guerra exiliaban a los vencidos.

La razón, según la escritora, debería estar siempre trabada por intereses, pasiones, amor, anhelos e intentar que no sea así es algo que ha generado un gran error en Occidente. Es un pensamiento que no ha recogido características humanas. Por esto, la autora proponía hacer una filosofía integral que recogiese tanto lo racional como lo que se consideraba irracional. En esta obra desarrolló una forma nueva de conocer y de entender lo humano.

Asimismo, María Zambrano inauguró un nuevo espacio político que debía ser el que da cabida a la esperanza, que para ella era irrenunciable a cualquier acto. La escritora tenía la esperanza de consensuar una nueva filosofía que acojiera a todo lo que ha sido exiliado del pensamiento para que, desde ese lugar no soberbio, hubiese una convivencia que pudiera integrar y convivir con lo diferente.

Por Adrián Moros (@adrixtercio)

Adrian Moros
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Estudiante de filosofía y eterno aprendiz de mi mismo. Redactor, escritor, creador y soñador empedernido.

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