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¿Vivimos en una democracia real?

La democracia es una palabra con más de dos mil años de antigüedad. Etimológicamente hablando esta palabra la componen dos términos (démos) que en Grecia significaba pueblo y (krátos) que hacía referencia a gobierno. Por lo tanto tenemos que democracia es el gobierno del pueblo o el gobierno de todos. En Atenas se dieron los primeros pasos hacia este sistema con Solón (594 A.C). Antes de Solón el gobierno estaba en manos de los aristoi (los mejores). La aristocracia es el gobierno de la nobleza (los mejores) sobre el pueblo (los peores) que auto legitimaba su poder apoyándose como los elegidos por los dioses para gobernar y los mejores para esta tarea. No es muy distinto a como legitimaban en la Edad Media los reyes el hecho de serlo “obra y gracia de Dios”. Solón introduce una serie de reformas para que el derecho de sangre de paso a la riqueza como privilegio para poder acceder a la vida pública. Con Solón se pasó de una aristocracia a una timocracia, es decir, de un gobierno elegido por los dioses a un gobierno de ricos.

Busto de Pericles en el Museo Pío-Clementino de Roma.

La democratización de Atenas fue un periodo de doscientos años en el que poco a poco fueron introduciéndose más y más capas sociales a la política llegando a su punto álgido en la época de Pericles. Cierto es que nunca se alcanzó una democracia completa puesto que resulta irónico que en la democracia de Pericles la esclavitud estuviera permitida o que ni mujeres ni extranjeros pudieran participar en política, pero sin duda fue un proceso que dejó un sistema muy complejo y eficaz para entre otras cosas luchar contra la corrupción o usurpaciones de poder. Como anécdota, la palabra “idiota” en la Atenas de Pericles daba nombre a todas aquellas personas que no participaban en la vida política por desinterés.

Democracia en Atenas

El centro de poder en la democracia ateniense residía en los ciudadanos a través de la asamblea. La asamblea estaba abierta a cualquier ciudadano al que se consideraba con derecho a participar y era el lugar donde se debatía y se consensuaban las leyes que después regirían la polis. En este lugar cada ciudadano podía representarse a sí mismo o delegar su representación en representantes. Los representantes en este sistema no tenían ningún tipo de poder, pues el ciudadano que sintiera que no se le representaba podía acudir a representarse a sí mismo.

Los ciudadanos podían presentarse a los cargos de gobierno. La función de estos cargos era la de gestionar la polis y presentar leyes para que la asamblea las aprobase o no. Estos cargos no se elegían directamente por la asamblea, sino que eran elegidos por sorteo, lo que garantizaba que los gobernantes no pudieran hacer lo que quisieran aludiendo a que habían sido elegidos por el pueblo. Podían incluso morir si no gobernaban obedeciendo a la asamblea. A parte, estos candidatos debían pasar previamente un examen para garantizar que estaban preparados para desempeñar la tarea que le encomendaba su cargo, de esta forma se evitaba también la incompetencia.

Ilustración de asamblea

Democracia actual ¿real?

Nuestros sistemas de gobierno aunque se llamen democracias paradójicamente no vienen del sistema ateniense de hace dos mil trescientos años, sino de las repúblicas de gobierno representativas que nacieron hace poco más de doscientos años, al calor de la revolución francesa.

En nuestros sistemas el centro de poder no está en el ciudadano -como teóricamente debe ser en una democracia-, sino en el representante (diputado, asambleísta). El ciudadano no puede acudir a la asamblea (llamada parlamento en algunos países) a representarse a sí mismo, tiene que ceder su poder obligatoriamente a estos representantes que tienen el monopolio tanto en la proposición de leyes como en su aprobación. Los ciudadanos cedemos nuestro poder a los representantes a través de unas elecciones en las que estos prometen que nos representarán. Pero nuestros sistemas de gobierno en la mayoría de países carecen de los mecanismos suficientes para obligar al representante una vez elegido, a cumplir con la promesa de representarnos, con lo cual, si consiguen poder suficiente en las elecciones pueden hacer lo que quieran durante el periodo por el cual han sido elegidos.

Por Adrián Moros (@adrixtercio)

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