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Las conchas del desierto

Uno de los escoltas deja una señal de reconocimiento en un camino

Tras una primera internada, breve pero cargada de significado al Sáhara Occidental, en los territorios orientales controlados por el Frente Polisario, volvía a los campamentos de Tindouf con una mezcla de anhelo y empeño por volver a cruzar la frontera argelina, para seguir recorriendo la delgada franja de territorio en la que los saharauis se mueven con libertad, hasta toparse con el gran muro militar que acota los intereses económicos y políticos de Marruecos, Francia o España. De nuevo, la hospitalidad desinteresada de Mohamed, dispuesto por su activismo a ayudar a cualquiera que quisiera conocer lo que se oculta del territorio saharaui en los grandes medios, me daba esperanzas a conseguir el ansiado objetivo.

Una meta que estaba cerca de cumplirse y que empezó a ser un sueño desde que dos años antes llegase por primera vez al Sáhara. Desde ese momento, nada más aterrizar, la atmósfera del desierto con los saharauis esperando cubiertos con sus “zam” (pañuelos tradicionales para cubrirse el rostro frente al siroco) y sus todoterrenos, hizo inevitable que se prendiera la chispa de las ganas por conocer y descubrir los rincones y las historias de los hijos de las nubes.

Rincones como las regiones mágicas del Tiris y Leyuad. Plazas y fuertes construidos a duras penas por exploradores en la etapa colonial. Montañas con pinturas rupestres. Ciudades cargadas de significado para los nómadas como Smara. Así como el sin fin de dunas y caminos que se extienden hasta el océano.

Tocaba esperar unos días sin embargo para saber si podría adentrarme de nuevo en el Sáhara Occidental. Aunque en esa espera, la verdad que no había padecimiento alguno estando con mi familia saharaui.

Son días en los que la hora para salir del catre, formado por mantas en el suelo y durmiendo en la misma sala junto a toda la familia, lo marca la hora de entrar a la madrassa (escuela). La atmósfera que sigue gélida tras las heladoras noches del desierto, se disputa desde el centro de la sala con un pequeño brasero de carbón dónde se alternan las que serán las primeras rondas de té y café. Suenan tambores y música tradicional en la vieja radio de la familia acompañados de bostezos, hasta que llega el dulce aunque breve momento, en el que el sol empieza a ganar la partida calentando con sus rayos mientras la arena sigue en la nevera.

Toca ayudar a las tareas diarias, intentando por ejemplo, arreglar con repuestos el Land Rover Santana de la familia, un modelo que sigue soportando pese a las décadas las inclemencias del desierto. También toca alimentar al rebaño de cabras, un pequeño sustento extra para cada familia, buscando pastos y plantas, que debido a las lluvias torrenciales recientes y seguidas, se encuentran muy cercanas a la wilaya. Y por supuesto, a la noche, es la hora de repasar las lecciones y hacer los deberes de la escuela, en un intercambio donde los niños aprovechan para practicar español y yo intentar retener cada vez más hassania (dialecto árabe del Sáhara Occidental y Mauritania).

Se olvidan los cientos de kilómetros de distancia hasta casa, en días como en el que salimos todos en el Land Rover y cubiertos de una gran talha (árbol común del desierto) disfrutamos de los juegos de los niños en las dunas, además de un guiso con la preciada carne de camello junto con el pan a la arena, enterrando la masa y poniendo una hoguera en la parte superior haciendo de horno. Con la confianza de esos momentos vividos, aparecen también las mejores charlas.

Alguna de las más interesantes son sobre la religión y el futuro con algunas jóvenes saharauis, que pese a su corta edad, la responsabilidad que cae sobre sus hombros desde el momento en que las hacen conscientes de que serán un soporte de las haimas y las familias, les dota de una palabra sincera y noble. Las jóvenes saharauis, son uno de los más claros reflejos de cómo está cambiando e influyendo las nuevas tecnologías o la emigración, entre los que se mantienen en los campamentos de refugiados o los que optan por salir para estudiar y trabajar.

Las primeras, como en general todos los jóvenes, se empapan de una educación más conservadora y coránica, debido a que el impasse político de su conflicto, tras cuarenta años de diáspora, deja en la religión una pata moral que no se suple con la política o con los proyectos o actividades que tendrían fuera de un campamento de refugiados. Todo ello, mientras gracias a la televisión satélite, hay una oferta enorme de canales del Golfo, que promocionan la religión. Paralelamente, cada vez más cuadros del Polisario son mujeres, formadas muchas de ellas fuera de los campamentos en el aprendizaje de activismos como el feminismo.

Esa disparidad de realidades y el conservadurismo, que se extiende en los campamentos como por gran parte del mundo árabe, son consecuencia de la tragedia saharaui que viven los jóvenes a causa de la prolongación del conflicto, así como la desconexión de unos países y unas Naciones Unidas, que dan la espalda a lo que pasa allí o directamente se criminaliza. Mientras tanto, hay más y mejores formas de conexión por televisión o teléfono móvil, que sí son aprovechadas para introducir códigos y mensajes religiosos más conservadores, y es que parece que se repite ese proceso con distintos mensajes pero en todos los países, cada vez que la solidaridad y la empatía pierden fuerza.

Esa tragedia, golpea a cientos de jóvenes saharauis, que pese a la capacidad demostrada en su educación obligatoria y con la madurez de ser conscientes de haber nacido en medio de un conflicto, no pueden seguir estudiando para tener que ayudar en sus casas. Es el caso de chicas, que ven imposible abandonar sus hogares si lo han hecho ya sus hermanas mayores o son las únicas mujeres de la familia. También, ocurre la desgracia de los jóvenes graduados y que no pueden encontrar trabajo en los campamentos, como me cuenta un amigo, graduado en economía y trabajando en la recogida en Francia.

La expedición

Finalmente, llega el día de la confirmación del objetivo de volver a adentrarnos en el Sáhara Occidental. Aunque cambien algunos planes, las gestiones de mi gran amigo Mohamed, me permiten cubrir y formar parte de una expedición de arqueólogos de la Universitat de Girona.

Su objetivo, excavar y datar muestras de un túmulo (tumba), que se cree de origen preislámico. Es decir, recoger muestras en lo que hoy conocemos como el inhóspito desierto, pero que como se comprueba por la gran cantidad de fósiles prehistóricos, pinturas rupestres y estudios arqueológicos, antes era una zona fértil.

La expedición, está formada por dos estudiantes, Isaac y Helena; Narcís, un veterano profesor experto en la arqueología saharaui y una numerosa escolta que se presta para todo tipo de tareas. Serán cinco días, incomunicados en medio de un punto dentro del este del Sáhara y cercano a la frontera mauritana, con el sencillo pero arduo plan de encontrar, abrir y cerrar la tumba, además de explorar más la zona. El equipaje rebosa de las pick up entre víveres, palas, rastrillos, demás material arqueológico y dos cabras recién compradas para la ocasión en lo alto de las redes de la camioneta.

Las delicias de los arqueólogos no tardan en llegar tras un primer alto en el camino, al poco de pasar la frontera argelina, donde ya rebosan los fósiles de conchas y caracolas en medio del desierto. Y es que las inclemencias del Sáhara, así como la falta de medios en la etapa colonial o la interrupción de las investigaciones por la guerra entre Marruecos y el Polisario, han deparado en un terreno prácticamente virgen en su investigación arqueológica.

El campamento esta levemente cobijado en una enorme meseta pedregosa. La única interacción con la civilización durante cinco días serán los escasos faros lejanos de los camiones que hacen la ruta del corredor del Sáhara hasta Mauritania y las visitas de algunos militares de un puesto cercano, muy curiosos por el cometido de los arqueólogos y que tratan de hacer improbable un hipotético encontronazo con algún coche dedicado al narcotráfico dirección al Sahel, la principal amenaza de la zona.

El primer día de levantamiento de piedras con minucioso cuidado no da sus frutos, algo muy distinto nada más pasar al estilo saharaui. Todos los componentes de la escolta no paran de ayudar a sacar carretillas y cavar, hasta que la justicia del sol se impone y hace obligatoria la parada. En los momentos de descanso, no para los arqueólogos que siguen datando el terreno, la tienda de los saharauis se convierte en un camarote de los hermanos Marx. Rotan las tareas de cocina, sacrificar a las cabras
o preparar el té mientras se cuentan historias del desierto y se hacen bromas sobre lo que encontraremos en la tumba.

Con el alivio del atardecer, esos momentos de fraternidad se vuelcan fuera de la tienda. En una gran olla con una hoguera que calienta a todos y bajo el manto de estrellas sin ninguna oposición lumínica a cientos de kilómetros, se preparan improvisados guisos con carne de cabra, de la que se aprovecha todo absolutamente a la vez que se derriban las barreras idiomáticas con juegos y anécdotas del día.

Tras tres días, por fin encontramos los restos de la sepultura. Son fragmentos de vértebras, falanges, dientes y algunas muestras de huesos. Aunque como se temían los arqueólogos, las duras condiciones para su conservación, provocan que estos pierdan cualquier resto de colágeno o ADN necesario para su datación. “Así es la arqueología”, confiesa con sorna Helena, aunque sin ocultar su orgullo por el trabajo realizado.

Para el profesor Narcís, a punto de jubilarse, tampoco le ha importado el esfuerzo ingente o las noches de sueño en el suelo mientras azuzaba el siroco. De hecho, recuerda que hace décadas, las expediciones eran mucho más precarias. Aun así, del hambre y la sed, además de la dedicación a la pasión de su vida, le han servido como experiencia para seguir enseñando a sus alumnos lecciones de arqueología y de la vida sobre el terreno, sin importar el paso de los años.

Días atrás y antes de despedirnos y tomar rumbo a Mauritania, Narcís confesaba que podría ser su última expedición. Aunque la verdad, después de la sensación al recordar la historia de tres catalanes, un madrileño y doce saharauis cinco días perdidos en la inmensidad del desierto levantando piedras, apostaría a que hay muchas probabilidades de que incumpla esa promesa y siga dejando una huella en sus alumnos, que perdure casi tanto como las conchas del desierto.

Por Jesús Guerra (@LasPurnas)

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