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#SinMiedoaPerderse 2 – Shukran Túnez

 

Túnez, desde luego, no es El Cairo, con sus nada menos que nueve millones y medio de almas, pero ello no quita para que su ritmo sea frenético. Como comentaba en el primer capítulo, conseguir un taxi en hora punta requiere de mucha maña y hay veces que ni siquiera es suficiente. En alguna ocasión, llegué antes a mi destino a pata, mientras veía pasar decenas ocupados, y en otras, al salir por la puerta y ver un par de taxistas en una tetería, convenía más esperarles a que acabasen con la calma, antes que aventurarse a buscar otros.

Selfie de Jesus Guerra en la ruta Tunis-Qibili

Los que me conocen, saben que no soy una persona creyente. Eso no quita, que en muchos momentos, especialmente cuando estoy fuera de casa me sienta acompañado. La mañana que salía a Qibili, hacia el interior del Sáhara tunecino, de forma inocente mientras llegaba a la calle con tráfico más cercana, solté para mí un, “vamos abuelo y échame un cable para cruzar a la otra punta de la ciudad”. Esto es verídico, fue llegar a la acera, frenar en mis narices un taxi, bajarse corriendo una persona y tardar nada y menos para cargar mis cosas y salir hacia la estación de la Gare du sud, junto a la Bab Alouia. Si la travesía empezaba así, era una señal de que lo que iba a descubrir en el corazón de Túnez y las islas de Kerkennah sería emocionante.

Ferry rumbo a Kerkennah desde Sfax

Para los curiosos en viajar a Túnez, hay que decir que hay muchas opciones para moverse, salvo zonas fronterizas con Libia o suroeste de Argelia. Desde el alquiler de coche, mini buses o taxis compartidos, hasta el uso de transporte público en bus o tren, que cuenta con bastante información en sus páginas webs. La única premisa obligatoria en África es la paciencia.

La ruta hacia Qibili, atraviesa nada más salir de Túnez capital, zonas montañosas, como las del Parque Nacional Boukornine, un bosque Mediterráneo que se inunda del amarillo de las flores en la puerta de la primavera y que alberga en las llanuras de sus faldas los pueblos de los agricultores tunecinos. Pocos kilómetros después, el verde del bosque, se convierte a la meseta de los olivos, y pasamos muy cerca de dos espinas que se me quedaron clavadas por no poder visitar. La ciudad Patrimonio Mundial de la Humanidad, Susa y la pequeña localidad de El Jem, con su anfiteatro
romano.

A mitad de camino, la confianza con el resto de pasajeros, está más que ganada. La mayoría son mujeres mayores, de las provincias del sur y que cargan bolsas de equipaje repletas de comida y objetos para repartir con los suyos. También hay estudiantes y jóvenes de vuelta a sus pueblos. Un pequeño gesto, un hamdulilah, “nuestro gracias a Dios”, abre su inquietud y rompe cualquier barrera con el chico de dos metros que hace cábalas por entrar en el asiento y que está todo el viaje cual partido de tenis intentando retener cada paisaje, cartel o algo significativo del camino que era nuevo para mí. Imposible también, es pasar hambre con todos los ofrecimientos para compartir dulces y aperitivos en las horas de viaje que pasamos juntos.

Tras Sfax, la ciudad que plasmó el escritor Georges Perec en “Les choses” (Las cosas), un libro que trata sobre el consumismo y la dependencia a ello, nuestro autobús, que adelanta de dos en dos a los conductores que se despistan, se mete por el tramo costero, casi metidos en las olas, hacia Gabés. Hasta que definitivamente, Túnez se volvió desierto.
Me espera ya adentrada la noche Arafat, nativo de Qibili, que me recoge en su antigua ranchera blanca. Un meme de Syvester Stallone, con un gran “No siento las piernas” era mi retrato más real tras salir por la mañana de Túnez y ocho o nueve horas de viaje, pero ese esfuerzo, creedme, no es nada comparado con la sensación de reencontrarse con una noche en el desierto.

Bienvenida de mi amigo Mounir en Kerkennah, con doradas a la brasa.

Arafat y su familia viven gracias al turismo, que por desgracia para ellos y muchos tunecinos, ha sido un sector que ha caído estrepitosamente, todavía más en las regiones más alejadas de la capital, por el batacazo del terrorismo en 2015 o la guerra en la vecina Libia. Sin meterse en política, Arafat, representa con su hartazgo por esta situación, la voz de los que se lamentan de que tras la Revolución de los Jazmines en 2011, la economía tunecina no haya remontado, llegando a pensar que incluso con Ben Ali y la estabilidad del país, con la llegada de caravanas y expediciones de extranjeros que no tenían miedo de Túnez, se vivía mejor que en estos días.
Con su ranchera, salimos primero a Douz, en las puertas del Parque Nacional de Jebil, una pequeña parte del mar de arena y dunas que conforma el Gran Erg Oriental y que comparten Argelia y Túnez, aunque el devenir de la frontera es inútil medirlo con una raya en un mapa, porque sus cambios son decisión solo de los millones de granos de arena y su vuelo con el viento.
Arafat, me confiesa que admira a la gente que llega a esta región por su cuenta y que le admira el desierto. “Cuando estás aquí, te das realmente cuenta, que la forma de medir el tiempo de los nómadas tiene mucho más valor, que tener cualquier teléfono móvil o gran coche.”

 

Además del mar de dunas, la región, cuenta con el Chott (lago de sal) más grande del Sáhara. En sus orillas, hay ríos inmensos de oasis y palmerales. Algunos pueblos como Telmine, están rodeados del manto verde y frondoso y desde lo alto de las montañas de Souk Lahad, se puede perder la vista en el horizonte viendo los palmerales. Es simplemente un paisaje prodigioso, como la sensación de la disparidad de ver en apenas 500 metros, los caminos con hierba alta de los recolectores de dátiles, frente a las dunas. En esos momentos, es imposible no sentir envidia de los paseos de los vecinos de Telmine.
Si se sigue la recta de la carretera P16, el paisaje se vuelve cada vez de color más blanco y cada vez aparecen más matrículas de coche argelinas. En medio del Chott hay una choza construida de madera. Su dueño amigo de Arafat, nos ofrece un té. Se encuentra en un punto icónico del lago, donde queda varada una barca en medio de la arena y la sal.
De vuelta a Qibili, la mejor manera de desconectar y relajarse, es en las termas de la ciudad, un sitio, que si no hubiera conocido a Arafat, casi de ninguna manera lo
hubiera descubierto. El lugar consiste en unos baños y sauna con una piscina de agua ardiendo y otra que arde más todavía y que deja el cuerpo y los músculos en reposo.
Un punto de encuentro para los habitantes de la pequeña ciudad, y que se completa con un “masaje” para los que están acostumbrados y una somanta de palos y chasquidos de huesos para el nuevo, pero que aun así deja al cuerpo sin ninguna tensión, ni cansancio. Lo que es un alivio, si al día siguiente toca de nuevo volver a hacer kilómetros.

Me despido de Arafat, Latifa y su familia, con los que en un par de días he cosechado una gran amistad y a los que espero volver a ver. El rumbo esta vez, es hacia el mar.
Dejo el desierto atrás y vuelvo a Sfax. Desde allí, salen los ferrys a Kerkennah. El coste es de 1 dinar (30 céntimos) sin coche y el trayecto es de algo más de una hora. Me espera Mounir, otra persona que te encuentras en el viaje y que casi inmediatamente se vuelve en una amistad. Y es que para mí era impensable, que al llegar a la isla norte, a su villa en primera línea de playa, la recepción sería con una cena de doradas a la brasa y cervezas tunecinas. Mounir es puro carácter Mediterráneo. Le digo que parece español y le falta tiempo para llamar a un viejo amigo suyo, andaluz pero veterano afincado en Monastir, que me lo confirma con creces.

Bicicleta azul: Isla Sharqi en Kerkkenah

Además de por personas como Mounir, Kerkennah es una isla increíble por otras muchas cosas. Túnez tiene dos grandes islas. Djerba, más al sur y conocida por sus resorts y lugar de turismo, y Kerkennah, menos conocida y con un modo de vida tradicional. Sin duda he elegido la mejor de las opciones.

Sus casas son bajas y en muchas pegadas al mar, tienen al lado las redes de pesca y un jardín de barcas de madera que descansan en la marea baja y que hacen las delicias de los amantes a las puestas de sol. Una de las mejores formas de recorrer la isla es en bicicleta a través de los caminos que bordean las playas. Hay pequeños islotes, a los cuales se puede llegar andando, porque la profundidad a decenas de metros solo llega a las rodillas.

Puesta de sol desde una playa en la isla Sharqi en Kerkennah

Para hacer la compra, hay que ir al pequeño pueblo que está en el centro de la isla. Antes de llegar, está la salida del instituto y comento esto, porque espero que los estudiantes de Kerkennah todavía recuerden la panorámica de ver al extranjero, con blanco nuclear, la lengua fuera y montado en una bicicleta antigua azul, con guardabarros y cesta de mimbre, pasando a la salida de sus clases tocando el timbre.
Mi paso por Túnez antes de ir a Argelia, terminó dos días después, tras volver en ferry y tren Sfax-Túnez capital, en otro de esos momentos que se pasan volando, gracias a que los niños no aguantan 3 horas sentados y necesitan compañeros de juegos. De nuevo sentir el interés y cariño de la gente o volver a ver amigos en Túnez, vuelven a dejar claro, que la libertad se gana derribando los muros del miedo y escuchando y conociendo a las personas.

Shukran Túnez!

Por Jesús Guerra (@LasPurnas)

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