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Percepción y relativismo

Hace unos días, en el programa de radio ‘La vida moderna’ de la cadena Ser, contaban una historia muy divertida con relación a las setas alucinógenas.

Resulta que unos amigos, que estaban en un apartamento alquilado en la playa, decidieron una noche tomar setas alucinógenas en una fiesta cerca del paseo marítimo. En esto, uno de ellos encuentra que no le hacen efecto las setas y se va decepcionado. Al cabo de un rato, llama a un colega al móvil y le dice que había visto duendes correteando por la calle y  que, como supuso que no lo creerían, se llevó uno al apartamento. Unos minutos después, se presenta el colega con su novia y encuentran a su amigo sentado en el sofá y a un niño de unos cinco años en un rincón muerto de miedo. El susodicho, había visto niños jugando en un parque y se llevó a uno de ellos como prueba de lo que decía. Estos preguntaron al niño donde vivía lo soltaron cerca y se fueron de la localidad por miedo a denuncias o a la furia de algún padre.

Una de las cosas bonitas de la filosofía es que hasta este tipo de historias tan alocadas puede tener relación con alguna teoría. En este caso con el relativismo.

El relativismo es una corriente filosófica que nace con los sofistas en la Grecia clásica y que niega la existencia de una verdad absoluta y objetiva. La verdad depende de la persona que la mira. Pondré un ejemplo: Quizás hayas estado en algún parque de atracciones donde había distintos espejos en los que tu reflejo cambiaba dependiendo en cuál de ellos te mirabas. En uno salías más gordo, en otro más delgado, otro más alto y en otro con la cabeza como un melón. Pues bien, imaginemos por un momento que la realidad o la verdad (como queráis llamarlo) es nuestro reflejo en el espejo y los distintos espejos sobre los que nos miramos son las personas que miran a esa realidad.

Cada persona como cada espejo nos mostrará de forma distinta. Cada persona verá el mundo de distinta forma. Vemos el mundo deformado o a “nuestra manera”.

Imaginemos ahora que nuestros amigos de las setas alucinógenas no deciden huir y devuelven al niño a su casa y justificarse ante los padres. El chico que se llevó al joven podrá argumentar que lo hizo porque para él, en ese momento –aunque condicionado por las setas-, era un duende. Si el padre es relativista, entenderá que la realidad no es objetiva y perdonara al muchacho. Si no tiene suerte y resulta que no es relativista puede tener serios problemas.

Hay muchas clases de relativismos. Tenemos el epistemológico que hemos visto ahora, y que hace referencia al conocimiento y a la realidad, tenemos el relativismo científico y el cultural y moral.

El relativismo es una buena vacuna contra los totalitarismos como aceptación de que no hay una verdad absoluta que imponer y que cada uno tiene la suya y por tanto invita a dialogar y llegar a acuerdos entre sus verdades. Pero el relativismo llevado al extremo es peligroso. Para explicar por qué puede llegar a ser peligroso si se lleva al extremo hablaremos brevemente sobre el relativismo cultural.

El relativismo cultural es una corriente que juzga a otra bajo sus propias leyes y puntos de vista. No hay normas culturales que sean aplicables de forma universal. Es decir, al ser español no podría pronunciarme en contra de la ablación como práctica de otras culturas. Volveríamos a lo mismo; no existe una verdad objetiva, todo está permito (dentro de los límites de las leyes de cada cultura).

Ante este relativismo extremo, que puede llegar a justificar mutilaciones amparadas bajo el paraguas de “hechos culturales”, existe un punto intermedio que me parece más acertado, el universalismo cultural.

El universalismo cultural defiende que cada cultura tiene su propia verdad, pero comparten unos mínimos de verdades o realidades comunes: Los derechos humanos. Bajo esta visión la mutilación genital podría ser condenada al atentar contra esas verdades mínimas compartidas y podría llegar a ser juzgada como crimen contra la humanidad.

                                                                                                                     Por Adrián Moros

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